miércoles, 4 de diciembre de 2013

Reseña: Principito debe morir

Principito debe morir.

Carmen Moreno.

Reseña de: Santiago Gª Soláns.

Sportula. Gijón, 2013. Edición digital (epub). 111 páginas.

La editorial Sportula va adquiriendo de forma imparable velocidad de crucero y, aunque quizá sin recoger la atención que merece, aumentando mes a mes un catálogo tan ecléctico como interesante dentro de los géneros que se agrupan bajo el distintivo de la Literatura Fantástica. En esta ocasión ofrece la primera incursión novelística de Carmen Moreno, autora dedicada hasta ahora a la poesía, que se interna con esta obra en la ciencia ficción con ciertos aires mestizos ―¿space opera, amargo romance, relato de espías, intriga política, especulación hard...?. La novela en esta edición se ve además «tutelada» por dos plumas reconocidas por los lectores afines al género, con los acertados textos de introducción de Elia Barceló y epílogo de Rafael Marín. Y antes de entrar a fondo, una primera consideración: tú que estás al otro lado de la pantalla leyendo esta reseña, ¿has leído ―y disfrutado― El Principito de Antoine de Saint-Exupéry? Sí la respuesta es afirmativa, bien hecho; si es negativa, ve a leerlo y luego puedes retomar esta reseña, porque la novela que nos ocupa no puede ser aprehendida sin aquella. Para los que sí lo hayan leído, una segunda consideración: liberaos de cualquier prejuicio, de cualquier idea preconcebida, de cualquier suposición de por dónde va a desarrollarse esta novela. Principito debe morir no es una continuación, ni una historia paralela, ni siquiera una precuela, sino un complejo homenaje a la obra de referencia. No se trata del mismo personaje y apenas del mismo mundo. Y éste no es un libro «infantil», sino que va destinado a los adultos que una vez fueron niños inquisitivos e inquietos y que todavía conservan la esencia de la infancia en su interior, pero sin renunciar a toda la experiencia del crecimiento.

Y es que Principito debe morir parece escrita para aquellos mayores, entonces niños, que supieron ver que aquel dibujo no era un sombrero y que atesoran cada paso dado desde entonces. Para aquellos que siguen soñando aunque ya hayan descubierto que el mundo no es siempre un lugar idílico, que los gobernantes no siempre buscan el bien de su pueblo, que las revoluciones no siempre persiguen los mejores fines y que siempre habrá gente dispuesta a sacrificar lo más hermoso en pos de conseguir sus objetivos y gente dispuesta a enfrentarlos; que las rosas tienen espinas y que a veces es imposible proteger el corazón de todos los males. Para los que saben que el Principito no podía crecer, que no podían dejarle crecer. Para los que que comprenden que la ciencia ficción, independientemente de su ropaje, está llena de preguntas y reflexiones sobre nuestro presente, sobre nosotros mismos, sobre el camino que andamos y hacia dónde nos puede llevar la deriva de nuestras sociedades. Para los que gustan de historias llenas de referencias y dobles significados, de aventuras, explosiones, muertes y giros inesperados, de drama y amor y corazones rotos… Si consideras que perteneces, o pudieras pertenecer, a semejante grupo, no tengas miedo a internarte en las páginas de este libro, pero, sobre todo, hazlo con la mente abierta y bien atenta, pues muchas veces el texto oculta más de lo que explica y hay que «bucear» en él para obtener todas las respuestas ―si es que se obtienen―.

La trama es tan aparentemente simple como en el fondo compleja, tan sencilla como enrevesada ―y los saltos espacio-temporales confabulan para ello―. Principito vive en Núcleo, una especie de planeta prisión donde los Walkers, revolucionarios desafectos al régimen totalitario y único de una Tierra dividida en Ameropa y Oceanía, viven un destierro que no pueden abandonar debido a que sus fisiologías han sido modificadas para respirar tan sólo mercurio, sin que puedan sobrevivir en una atmósfera llena de oxígeno. Allí, la misión del niño, ayudado por su madre, es cuidar de la Rosa, pero en dramáticas circunstancias se va a ver obligado a huir a la Tierra, donde afrontará grandes peligros y descubrirá más de su pasado de lo que hubiera deseado o imaginado.

Fotografía de: Laura Muñoz
Comienza así un periplo en el tiempo y en el espacio, donde a los saltos del propio protagonista se unen los flasbacks hacia el pasado de otros personajes implicados en la antigua revolución que van componiendo un complejo mosaico, rellenando poco a poco una elusiva imagen siguiendo de retorcida manera la estructura de la novela homenajeada. Aunque ya desde el mismo principio Moreno empiece a marcar distancias. La violencia y la muerte irrumpen de forma inopinada, forzando la acción, dando el pistoletazo de salida y lanzando al protagonista a un mundo que no conoce y en el que deberá encontrar cuanto antes ayuda si es que quiere sobrevivir a todo lo que le espera.

Un mundo desconocido, un muchacho ingenuo que sin embargo no tiene un pelo de tonto, un idealista desengañado tanto de la vida como del amor, un ambiente opresivo, un líder intrépido que exige cualquier sacrificio de su seguidores para alcanzar el ―supuesto― bien para la humanidad, un científico «loco» capaz de imaginar ingenios inimaginables, un dirigente totalitario que gobierna sobre todo el planeta ―y sus colonias exteriores―, un bedel cojo que es feliz cuando baila, unos monos genéticamente modificados muy poco agradables o graciosos, unos revolucionarios destinados al fracaso y al destierro… componen una historia que, al final, versa sobre la lucha y el sacrificio contra todo tipo de tiranías.

Con una distopía de manual la autora se permite ciertas reflexiones críticas que otro tipo de géneros no enfrentan. Moreno retrata un mundo futuro que ha evolucionado mucho en lo tecnológico, pero bastante menos en los socio-político, repitiendo esquemas de nuestro presente ―o incluso de un pasado reciente―. El engaño a los ciudadanos, el abuso de poder, el gobierno despótico que se apoya en el libre uso de la violencia sobre sus gobernados ―gran acierto los monos Timothy―, el uso de la tecnología como método de represión, y un movimiento social cuyos métodos son el espejo de lo que combaten y cuyos dirigentes se sienten por encima de la «masa» de sus seguidores, haciendo y deshaciendo a su antojo con los ideales que les han entregado se encuentran en el sustrato de este relato.

Pero que nadie se asuste, la novela aúna entretenimiento y reflexión, como toda buena ciencia ficción. Principito debe morir es una lectura rápida y breve, entrañable y divertida a partes iguales, con un humor sutil, indefinido, y unos toques de absurdo casi surrealista que se entrelazan con la acción de manera perfecta hasta que es cortado por la dureza y crueldad de ciertas escenas. Una historia que hay que leer con detenimiento, pues la autora gusta más de sugerir que de mostrar. Plena de referencias y simbolismo, desde las más obvias ―El Principito, Terminator…― a otras mucho más oscuras o crípticas ―y no las nombro, pues el placer se encuentra en descubrirlas uno mismo―. Es cierto que, a veces, se enreda demasiado sobre sí misma, con arriesgados saltos sin red adelante y atrás en el tiempo de la narración, dando lugar a algunos silencios atronadores, que no escamotean pero sí que de alguna manera dejan en sombras ciertos detalles que quizá hubieran precisado de algo más de explicación ―por una vez a una novela le «faltan» páginas en vez de sobrarle―. Pero al final, nada de ello importa, y la decisión de Principito, enfrentado a todo aquello que creía dar por sentado, sitúa al lector ante un brillante final de sabor más que agridulce. Buen debut.

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