jueves, 10 de febrero de 2011

Reseña: La Guerra de la Pólvora

La guerra de la pólvora.
Temerario III.

Naomi Novik.

Reseña de: Jamie M.

Alfaguara. Madrid, 2010. Título original: Black Powder War.Traducción: José Miguel Pallarés. 446 páginas.

Retomando la acción prácticamente donde la dejara la anterior entrega, El Trono de Jade, Temerario y toda su tripulación deben ahora afrontar el largo regreso a casa. Habienado solucionado in extremis los problemas con la corte china de forma más o menos satisfactoria (y bastante sorprendente), el capitán Will Laurence y su dragón, Temerario, se encuentran ansiosos por regresar a Gran Bretaña; sin embargo, ciertas circunstancias ajenas a ellos y una nueva e imperativa misión, les forzarán a emprender la vuelta por la ruta terrestre en vez de la marítima que tomaron a la ida, dejando a sus espaldas a una poderosa enemiga en la figura de la desconsolada dragona Lien. La novela se estructura de tres partes bien diferenciadas: el viaje por Asía, la estancia forzosa en Turquía, en Estambul más concretamente, y su posterior participación en la guerra que sigue asolando Europa.

Las tres partes de la narración ofrecen muy distintos enfoques temáticos, desde el inicial relato de viajes, con los peligros de la travesía por el desierto y del cruce de cordilleras montañosas salpicado su camino siempre con diversas y difíciles etapas y encuentros, a la parte de contenido más “político” de su estancia involuntaria y forzosa en el palacio del sultán de Estambul, hasta las maniobras bélicas por tierras austriacas y prusianas... envuelto siempre todo ello en una atmósfera de aventura, suspense e intriga mientras los protagonistas y sus acompañantes deben ir resolviendo todos los misterios y sorteando todos los problemas que surgen a su paso, y no van a ser pocos precisamente.

La nueva misión que les ha sido encomendada se encuentra siempre a un paso del desastre y sus vidas continuamente en peligro, teniendo que escapar muchas veces usando una mezcla de ingenio y violencia que les llevará al límite de sus fuerzas físicas y psicológicas. El difícil equilibrio entre la premura por cumplir con sus órdenes retornando cuanto antes a Inglaterra y la llamada del deber que les fuerza a dar su apoyo al esfuerzo bélico prusiano será algo complicado de alcanzar, colocando en el fiel de la balanza conceptos tan etéreos como el Honor, la Lealtad, el Deber o la Traición.


Cada etapa del viaje está perfectamente retratada y diferenciada por la autora, primero con los sufrimientos y sacrificios del largo periplo terrestre, con las duras condiciones atmosféricas a las que deben enfrentarse, pasando del calor al frío extremo, de la sed del desierto y el acecho de sus peligrosos habitantes al arduo paso de las montañas con sus dragones salvajes (ocasión de la que se sirve, además, para mostrar otra forma de sociedad draconil que de un mayor contrapunto a las ideas “emancipadoras” de Temerario). Llegando, en segundo lugar, a la corte de Estambul donde se verán enredados en una red de traiciones y complots mientras se ven irremediablemente varados en el palacio del sultán, viendo demorada su misión con excusas varias hasta el momento en que consigan escapar de allí. Para finalmente, en tercer lugar, alcanzar los sangrientos campos de batalla de una convulsa Europa, sumergiéndose de lleno, aunque de forma algo reticente al principio, en la defensa prusiana ante el imparable y cruento avance de las tropas napoleónicas que se encuentran aplicando unas tácticas novedosas y sorprendentes que parecen provenir de un inesperado aliado.

Gracias a ese variado enfoque temático, Novik consigue huir de repeticiones innecesarias (aunque sí que se vuelva a asistir a nuevos combates aéreos y a demasiadas conversaciones “filosóficas” y sociales entre Laurence y Temerario, que no aportan nada que no hubiera quedado claro ya) con los libros anteriores, ofreciendo un relato ameno que se aleja de la rutina. La autora sigue construyendo su mundo sirviéndose de la Historia del nuestro; introduciendo los suficientes matices como para hacer verídica la existencia de los dragones y su implicación en los asuntos de los humanos, pero ciñéndose en lo básico a lo que efectivamente sucedió en aquellos convulsos años. Introduce para la ocasión la presencia de dragones asilvestrados, sin jinete, que amplia el conocimiento sobre estos animales y su forma de organizarse, aunque deja muchas lagunas que podrían ser exploradas posteriormente.

Mientras Temerario está deseando aplicar en Inglaterra los conocimientos adquiridos en China en torno al diferente trato que allí reciben los dragones, Laurence se ve martirizado por los sentimientos encontrados de no desear defraudar los impulsos casi infantiles de su dragón y el convencimiento que la rígida sociedad inglesa no va a aceptar con facilidad ni alegría los cambios que quiere impulsar su compañero alado. Por un lado, el capitán está de acuerdo con Temerario en que los dragones deberían gozar de ciertos privilegios y concesiones en el trato que se les dispensa, con mejores lugares de residencia, acceso a las ciudades, un pago por sus esfuerzos... Que se les trate como las criaturas inteligentes a un nivel similar a los humanos que son en definitiva. Por otro, es perfectamente consciente que con las rígidas estructuras de la sociedad británica ya establecidas, y en pleno periodo de guerra además, esos cambios van a ser imposibles de establecer en la práctica.

Con el alma desgarrada, el capitán va a preguntarse más de una vez si no habría sido mejor para Temerario quedarse en China y ser tratado con el respeto que un celestial recibe en su tierra de origen. La tensión se llega a mascar en ocasiones y la ingenuidad del dragón, todavía en una etapa similar a la adolescencia, le jugará malas pasadas en más de una ocasión; la fidelidad entre los dos, a pesar de su profundidad, será puesta duramente a prueba, tal vez con consecuencias desastrosas.


Cabe decir, sin embargo, que tampoco hay un excesivo “crecimiento” de los protagonistas, y es de remarcar que irónicamente el que tal vez sea el mejor y más interesante, o al menos intrigante, personaje del libro es la nueva incorporación del guía de caravanas Tharkay, un individuo ambiguo en todo momento, del que Laurence no sabe si puede fiarse o no, pero del que depende en muchos momentos para salir de los atolladeros a los que se ven abocados en su viaje por tierras asiáticas. Su aire misterioso, la indefinición de su conducta y las dudas sobre su pasado, su mestizaje britanico-nepalí, consiguen dotarlo de una atractiva personalidad, robando al resto de los personajes las escenas en las que aparece (o desaparece). La tripulación de Temerario sigue allí más para dar un contrapunto dramático (cuando se meten en líos o cuando muere alguno de vez en cuando), para servir de apoyo a las acciones de los protagonistas, que para tener una profundidad propia que les dotase de vida “independiente”; de todas maneras cumplen con creces su papel.

La Guerra de la Pólvora se anunciaba como el final de una trilogía, a la que sucede otra a continuación, con lo que se daba una idea de “independencia” entre ambas; sin embargo, el final tan abierto, con las guerra napoleónicas en pleno apogeo y los compañeros todavía sin instalarse de vuelta en “casa”, hacen, tal vez no imprescindible pero sí necesaria la lectura de los siguientes libros para obtener la imagen completa de la historia que se está narrando y obtener así, quizá, un desenlace satisfactorio. Tal y como termina esta novela deja en el lector la sensación de que queda mucho camino por recorrer todavía, muchas aventuras en el futuro de Temerario y Laurence, a la par que se antoja que la autora no termina de explotar del todo el enorme potencial de la serie y del mundo creado para la misma. Por ello sería deseable, y muy de agradecer, que la editorial publicase cuanto antes la siguiente trilogía y si puede ser toda de golpe (como ha hecho con esta reedición) mejor que mejor.

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Reseñas de otras obras de la autora:


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